Caracterizado por un énfasis sin precedentes en el arte no figurativo y por su extraordinaria ubicación en un conjunto de edificios góticos que “cuelgan” a doscientos metros de altitud sobre la hoz del río Huécar, el Museo de Arte Abstracto Español, fundado por el artista Fernando Zóbel (1924-1984), abrió sus puertas en la ciudad de Cuenca el 1 de julio de 1966. El año siguiente, Alfred H. Barr, director del MoMA, lo visitó y lo describió como “el museo pequeño más bello del mundo”. El museo puso en práctica los principios de un artist-run space mucho antes de que dicho concepto se institucionalizara y funcionó al margen de la cultura oficial, controlada por el Estado.

A pesar de que en España no había instituciones que expusieran arte contemporáneo, durante las décadas de 1950 y 1960 los artistas abstractos españoles tuvieron un gran éxito en el escenario internacional y cosecharon elogios en exposiciones como la Carnegie International de 1950, la Bienal de São Paulo de 1957 o la Bienal de Venecia de 1958. El creciente interés que el arte abstracto español despertaba en el extranjero culminó en dos importantes exposiciones celebradas en Nueva York en 1960: New Spanish Painting and Sculpture [Nuevas pinturas y esculturas españolas] en el MoMA, comisariada por Frank O’Hara, que posteriormente viajó por Estados Unidos; y Before Picasso, After Miró [Antes de Picasso, después de Miró] en el Guggenheim Museum, comisariada por su entonces director James Johnson Sweeney.

Desgraciadamente, dentro de sus fronteras, España carecía de espacios dedicados en exclusiva a la exposición de arte contemporáneo y, en consecuencia, apenas existía un público interesado en él. Mientras el gusto dominante seguía favoreciendo el arte figurativo, Zóbel observaba con preocupación cómo los coleccionistas extranjeros se hacían con las mejores obras abstractas, que se mostraban en un puñado de galerías de España y del extranjero. Como buen conocedor del arte contemporáneo que se estaba desarrollando en Estados Unidos, Asia y Europa, Zóbel estaba firmemente convencido de la excelente calidad del innovador arte de sus compañeros españoles y de la necesidad de apoyar el potencial creativo que poseía esta nueva generación de artistas.

Zóbel, un auténtico cosmopolita, se enamoró de la excepcional vitalidad del arte abstracto español en 1955 durante una visita a la galería madrileña Fernando Fe, donde se exponían obras de Antoni Tàpies, Eduardo Chillida, Antonio Saura y Luis Feito, entre otros. En los años siguientes se hizo coleccionista y amigo de estos artistas. A medida que reunía su colección, la cuestión de cómo promover y asegurar la difusión de aquellas obras en la España franquista, aislada culturalmente y carente de una infraestructura que apoyara a las vanguardias artísticas, adquiría para él una urgencia especial. Fue en este contexto en el que Zóbel percibió la necesidad de dotar al arte abstracto español y a su futuro público de una sede permanente mediante la fundación de un museo independiente. Ese gesto tenía también un evidente carácter político: crear un espacio gestionado por artistas era una iniciativa novedosa que nacía como respuesta por parte de los artistas a la inexistencia de instituciones oficiales y de política cultural del régimen. Mientras Zóbel se afanaba en buscar una ubicación adecuada para albergar su colección, el pintor Gustavo Torner, que llegaría a ser el primer codirector del museo, le sugirió que considerara para tal fin las denominadas Casas Colgadas de Cuenca, su ciudad natal, que estaban siendo rehabilitadas. El uso definitivo de las Casas Colgadas estaba todavía por definir en ese momento, de modo que, cuando Zóbel descubrió el encanto arquitectónico del conjunto y la belleza de su ubicación geográfica, reconoció que aquel lugar complementaba e incluso superaba su visión de un espacio apropiado para un museo de arte abstracto.

El propio Zóbel escribió que, una vez que la ubicación del museo estuvo garantizada, sus esfuerzos personales se transformaron en “un trabajo en equipo”; un equipo formado enteramente por artistas, entre ellos Gustavo Torner, Gerardo Rueda —primer conservador del museo—, Antonio Lorenzo, Eusebio Sempere, Fernando Nuño, Jordi Teixidor y José María Yturralde. Tan pronto comenzaron las obras se difundió la noticia de lo que estaba sucediendo en Cuenca, y el museo empezó a funcionar tal y como Zóbel lo había imaginado incluso antes de que abriera sus puertas. Así, en 1963 Manuel Millares le pidió a Zóbel que visitara su estudio con la esperanza de que algunas de sus obras más destacadas, que Pierre Matisse pretendía vender en su galería de Nueva York, pudieran incorporarse a la colección de Cuenca.

Cuando el Museo de Arte Abstracto Español se inauguró en 1966, no solo proporcionó la infraestructura necesaria para apoyar el arte no figurativo, sino que también presentó un enfoque innovador en el diseño expositivo. En las salas del museo el arte, la arquitectura y la naturaleza se funden en un estimulante equilibrio. Los elementos constructivos y decorativos originales están a la vista: los artesonados, las yeserías y las pinturas murales góticas complementan la abstracción gestual y geométrica del siglo xx.

En 1969 la colección se amplió e incluyó obras de mujeres artistas como Elena Asins, al tiempo que Carmen Laffón se incorporaba al equipo de conservadores honorarios. Ese mismo año el museo abrió un taller de obra gráfica que contaba con una prensa para la estampación, lo cual atrajo a numerosos grabadores, pintores y escultores, y convirtió la ciudad en una auténtica colonia artística. El taller, con su producción de grabados y múltiples, también facilitó la difusión del arte abstracto español por todo el país. Además, el museo concedió becas a jóvenes artistas españoles, y les invitó a participar en el desarrollo y funcionamiento del museo. Pero Zóbel dio todavía un paso más al abrir su extensa biblioteca a artistas e investigadores.

La exposición “El pequeño museo más hermoso del mundo” Cuenca, 1966: una casa para el arte abstracto no solo presenta un conjunto único de obras de arte innovadoras desde un punto de vista formal, sino que también revela un complejo y fascinante momento de la historia cultural española. Mientras que en la España de mediados del siglo xx los dirigentes gubernamentales dedicaban importantes recursos a promover el arte abstracto español en el extranjero, apenas apoyaban a ese arte nuevo y a sus artistas en su propio país; los políticos vendían en exposiciones internacionales la imagen de una sociedad culturalmente innovadora, mientras en el contexto nacional desatendían a sus creadores. En los años cincuenta los artistas españoles carecían de lugares en los que mostrar su trabajo y de un público interesado en visitar sus exposiciones. Con la creación del Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca, Fernando Zóbel aportó una solución original y permanente a un acuciante dilema político y cultural. El museo no solo consolidó el trabajo de una generación de artistas, sino que también preparó el camino para las generaciones futuras, al tiempo que favoreció el interés de un público nuevo hacia este tipo de arte y proporcionó recursos a estudiantes, investigadores, críticos y amantes del arte.

En 1980, el pintor decidió donar la colección del museo y su biblioteca personal a la Fundación Juan March, una institución preparada para hacerse responsable de la preservación del espacio, la colección y el proyecto museístico. Tras su prematura muerte en 1984, la Fundación continuó la misión del museo a través de una cuidada política de adquisiciones que enriqueció la colección del museo y de un programa permanente de exposiciones y actividades educativas. El museo ha sido objeto de varias ampliaciones y renovaciones a lo largo de su historia, primero en 1978 y más recientemente en 2016 con motivo del cincuenta aniversario de su creación. La exposición itinerante que aquí se presenta, con motivo del cierre del museo previsto para 2022-2023 para acometer obras de climatización, quiere dar a conocer su colección y su historia al público.

  • Fechas: Del 10 de junio al 11 de septiembre de 2022
  • Lugar: Centro José Guerrero
  • Organiza: Fundación Juan March y Centro José Guerrero. Diputación de Granada