Lateral, 1974

Guerrero sabía cómo una ligera modificación transforma radicalmente la escala interna de una imagen y la convierte en otra, y no dudó en hacer uso de esa «reescritura» en muchas de sus telas, reelaborándolas casi por completo a lo largo de períodos muy extensos, manteniendo y enfriando el gesto en el caso de las composiciones de los años cincuenta y sesenta y reestructurándolas en los setenta y ochenta.

YOLANDA ROMERO

Lateral negro, 1974

No hay pintura figurativa o abstracta, sino pintura buena o mala, y es muy difícil aprender a hacerla.

JOSÉ GUERRERO

Límites, 1974

A partir de la disciplina de las Fosforescencias, se abre el ciclo a mi juicio más admirable de toda la admirable obra guerreriana, ciclo que abarca la práctica totalidad de los años setenta. Conjugando orden y libertad, el pintor supo encontrar el modo de que sus cuadros fueran enérgicos y a la vez remansados, jugosos y a la vez escuetos. Comenzó a dejar a un lado, además, la rigidez compositiva que caracteriza el período de las Fosforescencias.

JUAN MANUEL BONET

Crecientes horizontales, 1973

En un convento en Granada que se llama las Esclavas, donde de niño nos preparaban para la comunión, tuve mis primeras observaciones de color. De las vidrieras, rayos de luz se reflejaban en las calvas limpias de los adoradores de la Adoración Nocturna. Eran esferas, óvalos verdes, azules, amarillos, violetas, rojos, los pensamientos míos iban siguiendo la evolución de movimiento y color en aquellas calvicies, cansados de toda la noche adorando, y por fin amaneciendo íbamos a misa y los rayos de luz nos iluminaban a todos.

JOSÉ GUERRERO

Señales amarillas, 1973

El rojo tiene… no es que sea una cosa de tragedia ni mucho menos… el rojo… la almagra que usábamos en los pueblos de Andalucía… un rojo sacado de la tierra… no es un bermellón ni mucho menos pero tiene su belleza…

JOSÉ GUERRERO

Alcazaba, 1973

(…) esos espejos de agua que centran ciertos ámbitos de la Alhambra, mantiene el interesante tema arquitectónico del que se sirvió José Guerrero en 1973 para plasmar la enigmática composición que tituló Alcazaba: la ocasional existencia, junto a la de frecuentes ejes verticales de simetría, de otros horizontales que quedan definidos por el reflejo de las imágenes reales en las superficies de los estanques.

EDUARDO QUESADA DORADOR

Penitentes, 1972

En un convento frente a mi casa existía en el barrio de la visitillas un convento de clausura que a su vez estaba muy cerca de la prisión. Mi madre, mujer muy religiosa, me llevaba al convento blanco por fuera y yo dentro solo veía la oscuridad. Me ponían en el torno y las monjitas al otro lado me admiraban. Al dar la media vuelta se pasaba de la claridad a la oscuridad.

JOSÉ GUERRERO

Penitentes rojos, 1972

Era una de esas cajas suyas de cerillas, vívida de azul, de rojo, de negro, esas cerillas que tienen algo de columnas y arcos de mezquita, una desmedida escala americana y a la vez una sugerencia recóndita de interior granadino.

ANTONIO MUÑOZ MOLINA

Solitarios, 1972

Cuando pinto me siento como un combatiente de la resistencia buscando libertad para liberar mis intuiciones y emociones, sencillamente y con pleno control. Las pinturas abren ventanas y puertas que conducen a un camino en la distancia, donde hay luz y aire y agua sin límite y sin fin.

JOSÉ GUERRERO

Fosforescencia, 1971

Estoy segura de que José Guerrero era muy consciente de que con esas obras, que hemos reunido para esta exposición, esta jugando con fuego. Transitaba por un borde estrecho y peligroso, aparentemente contradictorio, que le llevaba de lo subjetivo a lo objetivo, de lo inconsciente a lo consciente, del gesto a la contención, de la abstracción a la figuración. Pero es precisamente en esas arriesgadas «veredas» donde Guerrero encontraba la energía necesaria para continuar siendo pintor a pesar de todo.

YOLANDA ROMERO