GUERRERO COLECCIONISTA

Paralelamente a la exposición de Lekuona, presentamos en la sala de la tercera planta del museo, normalmente dedicada a exhibir obras de Guerrero pertenecientes a la Colección del Centro, una muestra excepcional: una exposición de gabinete que propone una suerte de retrato de José Guerrero compuesto por una pequeña selección de las obras que fue coleccionando, que reflejan tanto sus intereses como la red de afectos que tejió con colegas, maestros y discípulos.

 

Cada una de las piezas que se fueron incorporando a la colección del artista contiene un capítulo de la historia de sus amistades, las miradas que los otros le dedicaron y las que él les devolvió, de modo que la reunión de todas ellas devuelve la imagen colectiva de Guerrero, una imagen no estática, sino prolongada y cambiante a través de cuatro décadas; una imagen-tiempo distinta de la que Deleuze supo ver en el cine, pero que también contiene la duración de Guerrero a lo largo de las variables corales de su momento histórico. El conjunto podrá verse en el libro que publicaremos próximamente. En esta ocasión hemos seleccionado unas pocas piezas, muy heterogéneas, centradas en la escena española.

 

Miquel Mont. Progreso contra progreso

La colección del Centro vista por los artistas
Miquel Mont. Progreso contra progreso

 

Esta exposición está planteada buscando un diálogo múltiple con la obra de José Guerrero, con lo que percibimos hoy de su herencia artística y con el proyecto y el espacio del Centro que lleva su nombre. He buscado puntos de contacto y de acercamiento entre nuestras obras y modos de creación, fruto de procesos ininterrumpidos y que nunca terminan, en continuo movimiento. La vitalidad e inventiva de las formas plásticas de Guerrero ha constituido un punto de partida para plantear visualmente una reflexión general acerca de los significados actuales de la noción de abstracción y de sus complejas relaciones con la imagen, con las imágenes. Relación intrincada e inseparable de la economía, que dicta sus condiciones de visibilidad, regula su circulación y establece las posibilidades de su recepción.

Otra vía de acercamiento ha sido cuestionar la importancia y la potencia de la proyección del proyecto moderno en un futuro progresista caracterizado por un ideal democrático de igualdad y justicia, asociado a una mejora continua de nuestras condiciones de vida en general. En dicha utopía, la abstracción representó un papel histórico como ejemplo de libertad, de valores y de novedad en las formas al uso en las democracias liberales. Hoy nos preguntamos cómo recibir y reinterpretar esa abstracción y qué puede encarnar ahora, cuando la confianza en ese futuro lineal de progreso ha desaparecido casi por completo. El cambio climático irreversible y sus dramáticas consecuencias, el hundimiento generalizado de la biodiversidad y el agotamiento de los recursos la han convertido en inquietud profunda, y nuestro futuro, inmediato y a medio plazo, se nos aparece como sombrío, inestable, incierto y saturado de amenazas.

La arquitectura del Centro José Guerrero y la precisión y generosidad del proyecto arquitectónico de Antonio Jiménez Torrecillas me han ayudado a encontrar una articulación espacial para este diálogo. La lógica de ascenso del recorrido por las cuatro salas permite estructurarlo con la primera y la última planta como dos momentos particulares de la exposición.

Así, en la planta baja se encuentra el Autorretrato de Guerrero, su último cuadro figurativo según él mismo, enfrente de uno de mis Autorretratos, metáforas de una presencia corporal. Esta serie consiste en tubos de metacrilato transparentes en los que se han vertido capas de pintura sucesivas y cuyas dimensiones corresponden a medidas de mi cuerpo (en este caso, la extensión del cuerpo entero en puntillas).

 

 

Foto: Carlos Choín

 

Otras dos series se acercan a la abstracción desde posiciones distintas: la primera, titulada Cooperaciones, pone en relación gestos, acciones y materiales asociados con nuestra experiencia y la estética del bricolage. Lo «bien» y lo «mal» hecho cuestionan veladamente nuestras categorías del gusto y de la subjetividad, auténticos valores democráticamente compartidos. Lo que coopera son las distintas partes y elementos: los que componen el cuadro, los materiales que lo constituyen, la lógica interna del ensamblaje, los distintos gestos pictóricos que se inscriben en el conjunto. Pero existe también cooperación entre el contexto en el que se encuentran dichos elementos y la mirada del espectador, en un proceso complejo que no termina nunca porque está en continuo cambio, lo que implica un movimiento tanto físico como mental. Las piezas están expuestas con un dispositivo mural de cartones pintados con esmalte brillante. Los cartones crean secuencias y ritmos en el espacio interaccionando con las composiciones, gestos y materiales que componen las Cooperaciones.

 

Foto: Carlos Choín

La segunda serie, Teslas, emplea imágenes de automóviles accidentados de la marca Tesla junto con planos de color, gestos y materiales comunes al vocabulario de la pintura abstracta contemporánea. Perfiles de aluminio, hojas de vinilo, placas de metacrilato o Alubond forman con las imágenes impresas sobre papel vegetal de poliéster un dispositivo pictórico heterogéneo y deconstruido, que invita al movimiento del espectador. Los Tesla son símbolos perfectos de nuestra modernidad tecnófila encerrada en una productividad insostenible. Como sofisticados objetos industriales de nuestra era neoliberal, encarnan el funcionamiento del capitalismo extractivista que está literalmente destruyendo las condiciones de vida del planeta para el consumo de una parte de su población. Las imágenes provienen de internet y se han desechado aquellas ligadas a accidentes mortales. Las fotografías se han sometido a un tratamiento gráfico para distanciarse de su carácter espectacular y su dramatismo. El conjunto de obras se despliega más allá del espacio tradicional del cuadro, expandiendo el marco, el soporte o la materialidad de la imagen, en un universo desmontado, en construcción, como fragmentos de una percepción desparejada.

Miquel Mont (Barcelona, 1963) vive y trabaja en París desde 1989. Desde 2000 combina su trabajo artístico con la docencia. Ha enseñado en la ENSA Paris Cergy, en l’École des Beaux-Arts de Nantes, en ESBA TALM de Tours y en ENS Architecture de Paris Belleville. Actualmente es profesor en la Académie Royale des Beaux Arts ARBA ESA de Bruselas.

En su trabajo reflexiona sobre la percepción del lugar de exposición a través de la pintura, los límites físicos del cuadro y su progresiva expansión en el espacio. Considerar su obra como pintura es recortar sus posibilidades, dado que objeto, soporte y contenido son términos omnipresentes en una praxis que cuestiona la validez de seguir pintando en el siglo XXI. En palabras de Rosa Queralt, «para Miquel Mont la práctica de la pintura tiene sentido en el contexto de una proposición. Alrededor de ella realiza sus series de forma sucesiva o simultánea. Cada proposición establece el soporte, el tipo de objeto, las dimensiones, la manera de aplicar el pigmento, el modo de presentación y la estructura de su percepción sensible y mental. (…) Su permanente cuestionamiento de los modos pictóricos, la precisión y claridad en la definición de cada proposición, de su significado y de sus repercusiones evidencian el rigor y el compromiso ético del artista». Desde sus inicios con las pinturas emparedadas, pinturas sin imagen, sus distintas series se centran en elementos específicos de la pintura. Series recientes como los Autorretratos, los Lapsus, las Cooperaciones o los Collages exploran modos de proyectar y entender la pintura y sus relaciones con el contexto, los gestos que la realizan o la percepción del espectador, incidiendo en la concepción de la pintura como cosa mentale a la vez que física y presencial.

Entre sus exposiciones individuales recientes están las de las galerías RocioSantaCruz (Biografía#Disociada), Formato Cómodo (Deseos borrados recoloreados), Bernard Jordan (CZMM, con Christophe Cuzin), École des Beaux-Arts de Nantes (é-marger, con Philippe Caurant), La Fragua, Tabacalera, Madrid (Horizontal, con Guillermo Mora), Trinta (Mal Tiempo), Artothèque de Vitré (Traces et affects), Altxerri (Lo peor, lo peor de todo), Formato Cómodo (La economía dicta todo), o Fundació Suñol. Dentro de las colectivas en las que ha participado destacan Pintura. Renovación permanente (Museo Patio Herreriano), Panorama 2 (CentroCentro), La Ronde (Musée des Beaux-Arts de Rouen), De(s)rives, un parcours à l’Île Saint Louis (Galerie Aline Vidal, París), Non figuration, un regain d’interêt? (Abbaye St André, Centre d’Art Contemporain, Meymac), Le Mur. La collection Antoine de Galbert (La Maison Rouge, París) o A promise of change (Belfort).

Puedes acceder a una Audioguía sobre la exposición aquí

 

Domingo Zorrilla / Marta Moreno Muñoz / La Colección del Centro

Del 14 de septiembre al 15 de octubre de 2023

Iniciamos el curso escolar con dos exposiciones y una muestra de la Colección del Centro:

Domingo Zorrilla: Topo estrellado.

PRODUCE: Centro José Guerrero. Diputación de Granada
Planta baja

Después de quince años de trabajo, Domingo Zorrilla ha dado por concluida su obra más ambiciosa: una tabla no muy grande que, sin embargo, contiene toda una imagen del mundo. La comenzó en 2008 al saber de la existencia de este animal, y en seguida tomó conciencia de la envergadura del trabajo que se había propuesto, que implicaba renunciar a las coordenadas vitales habituales para profundizar en un tiempo casi geológico, un cambio de dimensión para el que ya se había entrenado con su obra anterior. Ha trabajado en ella al compás de la creación de otras obras, hasta acabarla este año 2023. Para celebrarlo, se presenta aquí por primera vez al público, por fin terminado, Topo estrellado.

Lo acompaña un cortometraje dirigido por Antonio Miguel Arenas, que asumió el reto de trasladar al lenguaje fílmico el misterio de la obra y las fuentes poéticas y existenciales de las que surge. En su realización han participado un grupo de pintores de la generación de Zorrilla que se reunieron para conversar a propósito del cuadro y su pintor, que se publicará en formato podcast en la web del Centro.

 


Mapa de hitos y eventos, ilustrado por Lucía Guzmán Martínez

 

2020: The Walk
Un proyecto de arte y activismo
Marta Moreno Muñoz

PRODUCE: Centro José Guerrero

Centro José Guerrero
Del 14 de septiembre al 15 de octubre de 2023
Planta primera
Entrada libre hasta completar el aforo

Jueves 14 de septiembre
18:00 h: Videoproyección de The Walk, con asistencia de la artista
19:00 h: MESA REDONDA. 2020: THE WALK
Azahara Palomeque, Juan Bordera, Oscar MartÍn y Marta Moreno Muñoz. Modera: Mayte Lillo Gutiérrez
20:30 h: Inauguración de la exposición

Viernes 15 de septiembre
18:00 h: Visita guiada por la artista
19:00 h: MESA REDONDA: ARTE Y REVOLUCIÓN
Gerald Raunig, Julia Ramírez- Blanco, Alberto Matarán y Marta Moreno Muñoz

El 1 de abril de 2022 la artista Marta Moreno Muñoz comenzó un viaje a pie desde Granada a Helsinki, y de ahí hasta el permafrost, para concienciar a su paso por el continente sobre viajar sin volar y ayudar a difundir el ideario de Extinction Rebellion (XR), movimiento social internacional cuyo objetivo es influir sobre los gobiernos del mundo y las políticas medioambientales para minimizar el calentamiento global, la pérdida de biodiversidad, la extinción masiva de especies y el riesgo de colapso social y ecológico. Acompañada del también artista Oscar Martín, a lo largo de los cuatro mil kilómetros del trayecto, en los que utilizaron puntualmente algún tren o ferri, conectaron con compañeros de XR y otros activistas climáticos, que se unieron en algunos tramos de la marcha a través de España, Francia, Alemania, Dinamarca, Suecia y Finlandia.

La travesía ha sido documentada en una película, un vídeo y un libro, en el que han colaborado personas activistas y expertas en distintos campos científicos, y se ha difundido en redes sociales. Se proyecta aquí la película The Walk, acompañada de una pequeña exposición documental que muestra los aspectos más colectivos del proyecto.

Puedes ver el libro en nuestras publicaciones  y descargarlo en 2020: The Walk

 

 

Arco, 1964

La Colección del Centro
José Guerrero
Del 14 de septiembre al 15 de octubre de 2023
Planta segunda y tercera

En lo que iba a ser el ecuador de su vida, José Guerrero (Granada, 1914 – Barcelona, 1991), recién llegado a Nueva York, se adaptó a una nueva escena artística, y su obra se internó en el camino de la abstracción. Se trataba de una escala distinta a la que había conocido en Europa, otros códigos, otro ritmo. Pronto dio muestras de una personalidad propia aunque plenamente integrada en el estilo internacional de la época, y su nombre pasó a formar parte de importantes colecciones privadas y museos atentos al auge del expresionismo abstracto.

Sus composiciones de los años 50 revelan una intensa actividad emocional frente al lienzo, producto de un arte de acción más cercano al de Kline o Motherwell que al de Pollock o De Kooning. En los primeros años 60, después de un viaje a España, algunos de sus títulos empezaron a remitir a su infancia y juventud granadinas; se inspiraba en imágenes que propiciaron, junto a un mayor sosiego, formas más contundentes dibujadas sobre fondos de color puro. El negro casi siempre está presente y las fronteras entre las masas de color son limpias y condensadas. En los años 70 desarrolló la influyente serie de las Fosforescencias, que posteriormente le llevaría a inspiradas variaciones. Y ya en torno a los 80 fueron desapareciendo los motivos que habían vertebrado su producción para dar paso a enormes campos de color tensados apenas por las líneas justas o acentos magistralmente dispuestos. La apoteosis del color se fue haciendo más intensa en telas cada vez más despojadas y felices.

Hipnotizar a hipnotizadores puede ser engañoso. La colección del Centro vista por los artistas. Chelo Matesanz

La Colección del Centro vista por los artistas
Chelo Matesanz. Hipnotizar a hipnotizadores
puede ser engañoso

 

El proyecto expositivo que Chelo Matesanz presenta en el Centro José Guerrero profundiza en algunos planteamientos de sus series anteriores, unos trabajos básicamente enfocados a la confrontación y el debate con obras pictóricas fundamentales de la tradición artística del siglo XX.

En su diálogo con las obras de José Guerrero, Chelo Matesanz ha depurado hasta el extremo sus procedimientos, y a partir de una meditada selección de obras del maestro granadino pertenecientes a la Colección del Centro, e interactuando con ellas en cada sala, nos propone un juego de espejos, resignificaciones, cruce de miradas e intersticios del sentido, reme(n)dando así en sus trabajos la constitución multidisciplinar y fragmentaria del sujeto.

Frente a los planos pictóricos de Guerrero, la artista despliega sus superposiciones de telas, vestidos y pespuntes como un ejercicio de retorno del cuerpo físico al cuerpo matérico de la pintura. Será el deseo el dispositivo que —en feliz imagen duchampiana— insuflará de vida el hueco vacío de estos ropajes. Con la presencia de algunas piezas tridimensionales en dos de las salas se puede constatar, más allá del plano simbólico, esa trasmutación corpórea de la pintura.

No son manchas de sangre, sino fieltro rojo recortado y pespunteado; no son los trazos de la pincelada, sino telas superpuestas e hilvanadas. En las estrategias creativas de Chelo Matesanz nada es lo que parece y cualquier elemento esconde un reverso irónico.

Así, sus  series más recientes no son otra cosa que magníficas pinturas realizadas sin pintura, ni pigmentos. Creo que resultaría muy interesante acercarnos a los últimos trabajos asumiendo que se trata de una compleja, y muy laboriosa, síntesis entre abstracción y figuración. El gran vivero de imágenes —he estado a punto de escribir territorio de caza en el que Chelo Matesanz recolecta los materiales para sus descodificaciones, no es sino el propio arte contemporáneo, sobre el que actúa releyendo algunos episodios significativos, preferentemente situados en las últimas décadas del siglo XX y el entorno de las segundas vanguardias. En todos estos campos destacan dos líneas de fuerza, omnipresentes e interconectadas, que otorgan un característico aire de familia a sus heterogéneas intervenciones: la reconstrucción paródica de los roles y modelos de las conductas patriarcales, y la pulsión sexual que sobrevuela todas las escenas, quizá como emblema del deseo irresoluble.

La ironía se muestra entonces como la principal herramienta de desmontaje, y se asienta, ya de inicio, en las técnicas y materiales, que imponen desde el primer contacto visual un insalvable distanciamiento paródico con el asunto abordado: que las referencias al gesto viril del expresionista abstracto se resuelvan con telas pespunteadas y collages de peluches sexualizados no es algo circunstancial, sino que se constituye como elemento esencial del programa ideológico e iconográfico de Chelo Matesanz. Es a través del uso recurrente de estos materiales y procedimientos ironizantes como se comienza a escenificar en sus piezas la lógica perversa de la inversión.

Así, el diálogo entre las obras de José Guerrero y las últimas producciones de Chelo Matesanz se nos presenta, por infinidad de razones, como la crónica de un encuentro anunciado. Después de sus series en torno a la deconstrucción de las prácticas pictóricas ligadas a la abstracción más gestual, básicamente encuadradas dentro de la tradición norteamericana de la primera mitad del siglo XX, llegó el momento de volver su mirada sobre la sintaxis plástica de uno de los referentes esenciales de nuestra historia más reciente.

José Guerrero se convierte así en el perfecto puerto de llegada para confrontar las reflexiones de Chelo Matesanz. La densidad cromática, y la inacabable variedad de registros del artista granadino, se muestran como el territorio ideal para que Matesanz despliegue su creciente virtuosismo en el manejo de sedas y pespuntes; sus magníficas series de pinturas, realizadas sin derramar una sola gota de pintura, encuentran en las obras de Guerrero los grandes espacios abiertos, y las correspondientes líneas de tensión, sobre los que armar su propuesta. Sobre esas superficies pictóricas inigualables que Guerrero le proporciona, esos campos de energía en perpetuo movimiento, esos vibrantes dispositivos de tensiones contenidas, Chelo Matesanz prosigue su tarea de coser el mundo.

La feliz colisión de estos dos universos, Guerrero-Matesanz, producirá —estamos seguros de ello— fulgurantes destellos llamados a alumbrar nuevos aspectos en las obras de ambos. De entrada, como la misma artista ha manifestado, la serie de obras que toman como referencia la pintura de José Guerrero supone un importante salto cualitativo respecto de anteriores trabajos que tenían como marco conceptual la escuela abstracta norteamericana de mediados del siglo XX. Si allí primaba la relectura crítica —e incluso paródica— de algunos procedimientos retóricos generalmente asociados con la pintura de acción y de ciertos rasgos ligados a la gestualidad heteropatriarcal y los roles de género, ahora, en su encuentro con las obras de Guerrero, se produce un cambio sustancial, un giro conceptual que cambia totalmente la escena y abre caminos insospechados en las líneas de trabajo de Chelo Matesanz. Ahora el impulso responde, según confesión expresa de la artista, «al deseo de hacer pintura sin mancharme las manos, un territorio ganado a golpe de pespunte y tijera».

En estas últimas obras, realizadas a partir del año 2021 en intenso diálogo con el legado de Guerrero, la artista se entrega al goce especulativo de la pura pintura y la exploración de sus recursos compositivos y sintácticos: transparencia, trazo, textura, tonalidad y contraste. El objetivo es ahora trasladar ese juego de valores plásticos a su ya consolidado proceder creativo: los tejidos y la costura.

Como consecuencia inevitable del acercamiento al campo gravitacional del planeta Guerrero, Chelo Matesanz cae rendida ante el hechizo de la pintura: «parece un salto pequeño —afirma la artista—, casi imperceptible, pero yo lo siento como un salto en el abismo».

 

Ángel Cerviño

 

Una exposición producida con la colaboración del

Los Dalton

Los Dalton es un proyecto que surge de la colaboración entre Miguel Fructuoso, María Sánchez y Miguel Ángel Tornero. El punto de partida se centra en el daltonismo, la alteración visual que provoca dificultad para percibir los colores. Esta diferencia perceptiva permite a los artistas reflexionar sobre la empatía y la exclusión, lo raro y lo común, el individualismo y la colectividad mediante una serie de ejercicios formales y conceptuales en relación al color para constatar que todo puede ser cuestionado.

Cuando Miguel Ángel Tornero y María Sánchez iniciaban conversaciones sobre la temática de esta exposición conocieron que su amigo y pintor Miguel Fructuoso acababa de ser diagnosticado con daltonismo. Esta causalidad inició una intensa colaboración entre los tres que utiliza la complejidad en la búsqueda del consenso sobre el color como ejercicio formal para, a la vez, cuestionar incluso las convenciones más universales.

Partiendo de esta idea, los autores consideraron que el diálogo con la colección del Centro era un contexto que enriquecía enormemente la propuesta. El uso del color es un aspecto central en el comjunto del trabajo de Guerrero. Por esta razón, establecer un diálogo con sus obras a partir de piezas que parten del daltonismo, la percepción cromática y elc onsenso en torno al color podía ofrecer tanto un acercamiento original a la producción de Guerrero como un marco incomparable desde el que ampliar el proyecto original de Los Dalton y dotarlo de nuevos significados. Así, a las obras inicialmente  concebidas se sumarán a una serie de piezas que toman como punto de partida algunas obras de Guerrero, así como el contexto arquitectónico del Centro.

Todos los museos son novelas de ciencia ficción

Todos los museos son novelas de ciencia ficción nace de un reto: el Centro José Guerrero le propuso al escritor Jorge Carrión que convirtiera su espacio en una ficción literaria. Era mediados de 2019 y el autor había terminado de escribir su novela Membrana, que imagina un Museo del Siglo XXI, inaugurado en 2100 y diseñado por inteligencias artificiales. Pero en vez de adaptarla, decidió crear un epílogo, un extenso relato que le diera una vuelta de tuerca a la ficción, a través del diálogo entre un ser humano y una voz o ser llamado Mare, que podría ser un algoritmo del futuro. Y a través, también, del diálogo con el arte contemporáneo que explora nuestra relación con la biología y con la tecnología.

El resultado es esta muestra que se puede leer (o escuchar) como una novela especulativa. Esta experiencia inmersiva. Esta obra de literatura que se expande por las paredes y los suelos de un museo real del siglo XXI.

La literatura de Carrión, que tiene a Marta Peirano y Fernando Cucchietti como autores invitados, conversa en las salas del centro con el diseño gráfico de Fernando Rapa, el cómic experimental de Roberto Massó y obras en lenguajes diversos de Barcelona Supercomputing Center, José Guerrero, Kate Crawford, Luis Graça, Vladan Joler, Robert Juan-Cantavella, Alicia Kopf, Justine Emard, Marta de Menezes, Joana Moll, Saša Spačal y Mirjan Švagelj.

Un proyecto atrevido, cosmopolita e innovador. Como diría Mare: ¿No es cierto?

GUERRERO/VICENTE

Esteban Vicente. Untitled.1972 . Museo de Arte Contemporáneo Esteban Vicente

El Centro José Guerrero coproduce, en colaboración con el Museo de Arte Contemporáneo Esteban Vicente, el proyecto expositivo Guerrero/Vicente, una muestra organizada por Acción Cultural Española en colaboración con el Museo de Bellas Artes de Asturias.

Desde el 4 de octubre hasta el 12 de enero de 2020 podremos disfrutar de una cuidada selección de obras de los dos únicos artistas de origen español que pasaron a formar parte de una de las corrientes artísticas más importantes del siglo XX: el Expresionismo Abstracto Americano.

Es una ocasión irrepetible para conocer de primera mano a la vez a estos dos grandes pintores que siempre han sido tratados por separado, a pesar de las coincidencias que pueden encontrarse a lo largo de sus trayectorias respectivas. Paralelismos que no sólo se refieren a sus carreras sino que se extrapolan a las circunstancias personales: los dos vivieron sus etapas iniciales en Madrid y París, se casaron con mujeres de nacionalidad estadounidense y se establecieron definitivamente en Nueva York.

La exposición se compone de más de sesenta obras de distinto formato y en diferentes soportes cuya procedencia es variada, ya que se cuenta con numerosas piezas que provienen de colecciones particulares, así como con préstamos de algunas de las principales colecciones públicas españolas: Museo Nacional Reina Sofía, Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona, Patrimonio Nacional, Museo Patio Herreriano o Colección Banco de España.
Además de sus obras, se presentan tres piezas de dos grandes maestros para los protagonistas: Joan Miró y Juan Gris.

La selección de obras se ha estructurado poniendo el foco en tres etapas bien diferenciadas.

La primera se retrotrae a los inicios figurativos de ambos artistas, con una selección de sus paisajes.

La segunda, en torno a los años 50, estudia la importancia que tuvo la experimentación sobre papel para adquirir los nuevos códigos abstractos, y se complementa con un conjunto de óleos sobre lienzo de esa década.

La tercera etapa refleja cómo los dos artistas alcanzan la madurez en la producción de los años 70, dejado atrás el expresionismo abstracto para dar paso a obras que desarrollan los campos de color.

 

 

Jose Guerrero. Blanco, rojo y azul.1978. Museo de Arte Abstracto de Cuenca

 

La exposición, cuya itinerancia termina aquí en Granada, se ha presentado en los siguientes centros:
Museo de Arte Contemporáneo Esteban Vicente, Segovia: del 30 de enero al 2 de junio de 2019
Museo de Bellas Artes de Asturias, Oviedo: del 20 de junio al 22 de septiembre de 2019

La muestra se complementa con la edición de un catálogo que cuenta con un texto principal de Inés Vallejo, primera estudiosa de las dos figuras simultáneamente, en el que lleva a cabo una aproximación de las distintas etapas creativas que se suceden en la vida de ambos, así como aportaciones de Juan manuel Bonet, José María Parreño y Guillermo Solana.

Ruido Blanco. La colección del Centro vista por los artistas. Joaquín Peña-Toro

Las salas del Centro José Guerrero acogerán durante los meses de verano la quinta muestra de la serie La Colección del Centro vista por los artistas. En esta ocasión, el pintor Joaquín Peña-Toro (Granada, 1974) ha seleccionado un conjunto de piezas de Guerrero para establecer un diálogo de los procesos creativos del maestro con los de su propia obra, lo que en ambos casos está representado con diferentes técnicas y soportes. De José Guerrero se exhiben ocho lienzos, cuatro obras sobre papel y una serie de veinte collages; en cuanto a Joaquín Peña-Toro, presenta seis obras sobre lienzo, otras tantas sobre papel, cinco pinturas sobre tabla y tres serigrafías.

Ruido blanco

La obra en papel que conocemos de José Guerrero se intensifica a finales de los años setenta en un formato íntimo que emplea, con gran libertad, diversos materiales de modo simultáneo. Coincide con el desarrollo de la etapa que Juan Antonio Ramírez denominó neoabstracta o de pintura-pintura, iniciada hacia 1975. En concreto, la serie de bocetos sobre papel cuadriculado fechada en 1977-1978 contiene una gran variedad de soluciones formales que, como una batería de posibilidades, desarrolla el lenguaje presente durante toda esta época. El trabajo con diferentes tipos de papel, ya sea charol opaco en unos casos o seda translúcido en otros, materializa las masas de color que luego serán producidas por brochazos.


José Guerrero. Sin título, c. 1990. Óleo y gouache sobre papel, 76 x 56,5 cm . Colección Centro José Guerrero

 

La configuración formal generada por Guerrero en estos bocetos con papel queda supeditada a los bordes producidos por el rasgado: amplios en su dibujo, imperfectos en su definición y disidentes de la rectitud. Gestos que se delimitan con la geometría perpendicular de un marco dibujado por lápices de color, con varios efectos: la imposición de límites monumentaliza la figura de las manchas (otorgando una escala a estos recortes); subraya, por contraste, la irregularidad de sus límites y, por último,  potencia el significado de los intersticios entre la presencia del color y las (futuras) aristas del soporte. Ramírez lo describe así: «Enseguida se evidenció que la gran preocupación de Guerrero en esta etapa era tensar (y distender) la relación entre las zonas de color, vagamente geométricas, y los bordes».

 

Las piezas presentadas en esta exposición por Joaquín Peña-Toro dialogan con estos procesos creativos de José Guerrero. Subrayan que el uso del papel para abocetar las manchas (que Guerrero transformaría en pintura) condiciona la composición final establecida en los cuadros. El propio artista afirma:

«Estoy especialmente interesado en los cuadros de pintura-pintura de José Guerrero. La mezcla de rigor compositivo con su libertad para mantener los gestos marcados en el lienzo, sin repaso, que mantienen la energía y tensión del momento de pintar. Casi podemos escuchar las cerdas de la brocha en un recorrido recio sobre el grano de la tela. He querido dialogar con estos procesos de Guerrero y contrastar los planteamientos abstractos con la presencia de imágenes figurativas que, en mi caso, se alojan en pliegues producidos por los gestos de pura pintura.

 

En la figuración que practico me demando exactitud pero soy consciente de que esa rigidez debe ser contrarrestada con las huellas propias de la pintura. La geometría compone mi trabajo pero me zafo de sus imposiciones congelando su forma: cubro los bordes de la zona que pintaré (la tarea de ese momento, como si fuera un fresco) de modo que, en lenguaje médico, preparo un campo quirúrgico. De este modo, trabajo gestual y despreocupado con el vocabulario que más identifico con lo pictórico. Una vez completada la tarea, descubro los bordes y la forma queda intacta… pero conteniendo un infinito murmullo. Se escucha, al fondo de la figuración, el ruido de la pintura».

 

INTRUSOS. LA COLECCIÓN DEL CENTRO VISTA POR LOS ARTISTAS: ANDRÉS MONTEAGUDO

Esta exposición es la cuarta del ciclo La Colección del Centro vista por los artistas. Con Intrusos, el artista granadino Andrés Monteagudo pone en dialogo su propia obra con obras de José Guerrero.

 

El proyecto parte de la observación de los espacios marginales de la arquitectura: de las grietas, agujeros y fisuras que se producen en los elementos estructurales y constructivos. El artista, convertido en un intruso que indaga en lo que sucede en estos espacios, que se van modificando con el tiempo, traza un paralelismo con la estructura constructiva de las pinturas de Guerrero, creada a base de elementos materiales y sensoriales que igualmente van acusando cambios con el paso del tiempo. Monteagudo invita al espectador a ser también un intruso u observador de la obra artística, así como a sentirse observado, en un juego que consiste en la invasión de los espacios respectivos.

Dieciocho colores para un ensayo. La Colección del Centro vista por los artistas: Paloma Gámez

Dieciocho colores para un ensayo es la tercera entrega de la serie La Colección del Centro vista por los artistas. La protagoniza Paloma Gámez (Bailén, 1964), cuya obra, tras veinte años de carrera, se caracteriza por su metódico y constante trabajo con el color, por su análisis, sus experimentos de formalización, el estudio de su percepción e incluso por las propuestas de renovación a la hora de exponerlo. Naturalmente, no está sola en ese empeño; por el contrario, se inscribe en una tradición que incluye grandes nombres internacionales, y tiene en José Guerrero a uno de sus protagonistas históricos. Pero además de compartir el interés por el color, para explicar la génesis de la exposición hay que sumar que Gámez, como colaboradora del Centro, es una gran conocedora de la colección del granadino.

Para su propuesta ha elegido un conjunto de obras en las que el color, ya desde el título, construye la forma, una cuidada selección de guerreros que presenta en la planta primera. En la planta baja, titulada 84.084 mililitros de color, la pintura parece haber resbalado de los lienzos sujetos al bastidor y atravesado el techo para caer al suelo, sobre el que han ido sedimentando las capas sucesivas hasta conformar curiosas esculturas cuya única materia es esa: la pintura, que también en este caso construye la forma, pero no extendiéndose en el lienzo, sino depositándose en un molde. En la segunda planta, titulada 420.367 segundos de color, en vez de la materia el protagonista es el espíritu del color: la pura luz, a cuyo despliegue asistimos y en cuyas ondas nos sumergimos, siguiendo una sucesión y atendiendo a unos tiempos que se corresponden con las proporciones de cada croma en los cuadros. En la última planta, 120.316 centímetros cuadrados de color, contemplamos una bonita síntesis de continente y contenido: los colores que habitan el Centro, los de Guerrero, se disponen como lentes, filtros o ventanas a través de los que mirar Granada, simbolizada en las cresterías de la Catedral. El conjunto es un ejercicio que aúna el análisis riguroso con la inspiración más feliz, para ofrecer un diálogo original entre la esencia de la pintura (de Guerrero): el color, y la de la arquitectura: el espacio. Un ejercicio que expande la pintura mucho más allá de los límites del cuadro y aúna otros medios: escultura, instalación, vídeo, materia, tiempo.