Bernard Rudofsky. Desobediencia crítica a la modernidad

Bernard Rudofsky (Moravia, 1905 – Nueva York, 1988) fue arquitecto, crítico, comisario de exposiciones, editor, diseñador de ropa y mobiliario, fotógrafo, investigador y profesor de universidades de prestigio en todo el mundo. Su figura se perfila hoy, más que nunca, como la de un creador de enorme actualidad, no solo por su actitud crítica frente a los progresos de la sociedad de consumo, sino también por su reivindicación pionera de la economía, inteligencia y sostenibilidad de las arquitecturas anónimas del mundo, que documentó y estudió en sus viajes y escritos. En 2014 se cumplen cincuenta años de la publicación de Architecture without Architects (Arquitectura sin arquitectos), una de sus obras más influyentes, que inspiró a varias generaciones de arquitectos.

Esta exposición, y el libro que la acompaña, propone un estudio estratificado de las «nuevas formas de vida» a través de ámbitos como el diseño de ropa y de calzado, la crítica histórica y los proyectos arquitectónicos, y culmina con el estudio monográfico de La Casa, nombre de la vivienda que se construyó en las estribaciones de la sierra de la Almijara, muy cerca de la de sus amigos Roxane y José Guerrero, protegida oficialmente por su valor monumental desde 2011 y considerada como su testamento ideológico y vital.

William Christenberry. No son fotografías, son historias

William Christenberry tiene un lugar destacado en la historia reciente de la fotografía americana por su peculiar visión del paisaje tradicional del Sur de los Estados Unidos, y es considerado como uno de los pioneros de la fotografía en color. Pero Christenberry es también un creador versátil que ha utilizado otros medios (pintura, dibujo, escultura o instalación) para fijar la memoria de un paisaje transitado y vivido por él a lo largo de su vida.

En una visión apresurada de su trabajo, sus fotografías podrían considerarse un estudio sobre la arquitectura vernácula del Sur; podría parecer también que Christenberry quiere dejarnos un testimonio sobre algunas situaciones vividas por él en la Alabama racista de los años sesenta, como los encuentros de los clanes o sus rallyes secretos de Tennessee; pudiera parecer que pretende capturar el paisaje del Sur americano o el rastro dejado por los anuncios publicitarios de la época. Pero lo cierto es que sus fotos van más allá de esa función meramente documental, que parece inherente a la fotografía, para establecer relaciones con cuestiones más complejas: memoria, identidad, autobiografía, decadencia, pérdida, envejecimiento, muerte y transmutación.

La rica trayectoria de Christenberry ha sido objeto de numerosas exposiciones en los más destacados museos americanos, pero apenas ha podido ser vista en Europa. Por ello esta exposición constituye una oportunidad imprescindible para conocer en profundidad su trabajo fotográfico y otros elementos de su producción artística. La muestra, que tiene un claro carácter retrospectivo, reúne más de trescientas fotografías, en su mayoría vintage, realizadas entre 1961 y 2007, cinco esculturas y The Klan Room. Asimismo, se presenta una selección de su colección de anuncios y objetos publicitarios, reunida a lo largo de los años y que muestran su interés por la cultura popular.

DORA GARCÍA: CONTINUARRACIÓN. SOBRE SUEÑOS Y CRÍMENES

Continuarración es una palabra encontrada en la página 205 de Finnegans Wake, la última obra de James Joyce, una de las felices palabras compuestas que se encuentran en cada página del libro. Con ella la artista Dora García titula el proyecto ideado para el Centro José Guerrero, que contiene también la idea de progresión, de una misma historia contada en tres capítulos, que se corresponden con los tres pisos en que se divide la exposición, que corresponden a los años 2011, 2012 y 2013, y que puede hacerse corresponder con las tres películas mostradas.

El relato resultante teje y desteje los hilos que van de Joyce a la antipsiquiatría, del activismo político al sistema judicial, de la realidad a la ficción y viceversa.

Dora García es artista visual. Su trabajo abarca muchas disciplinas diferentes, principalmente texto, vídeo, y performance, y casi siempre es específico para el lugar donde se presenta. Se interesa por modificar las convenciones entre autor, obra y espectador. En sus proyectos más recientes ha adoptado un papel muy similar al de director teatral, instruyendo performers para seguir ciertas reglas sin que nadie sepa a ciencia cierta cuál será el resultado de estas conductas instruidas, que se insertan en la vida real e incluso personal de los performers. Sus obras son siempre abiertas y «en progreso», con una gran atención por lo formal.

En los tres últimos años Dora García ha realizado una trilogía de vídeos sobre la anti-psiquiatría, el concepto de arte marginal y la literatura desviada. El tercero, The Joycean Society, se concentra en el más famoso libro no-leído, Finnegans Wake de James Joyce. El resultado no es solo una investigación sobre esta obra excepcional, su lenguaje y sus enormes consecuencias culturales, sino sobre todo una investigación sobre quiénes pueden ser los lectores de ese libro.

JOSÉ GUERRERO. LA COLECCIÓN DEL CENTRO

José Guerrero (Granada, 1914 – Barcelona, 1991) está considerado como uno de los más destacados pintores españoles de la segunda mitad del siglo XX, no sólo por el relevante papel que jugó dentro del expresionismo abstracto americano en los años cincuenta, sino también por su influencia en la evolución de la pintura de los años setenta y ochenta.

El Centro José Guerrero custodia la más importante colección de su trabajo. Abarca todas sus fases, desde mediados de los años cuarenta hasta 1990, con especial hincapié en la década de los setenta, cuando el artista logra una original síntesis de todos sus intereses plásticos, origen de varias series de pinturas con una impronta cada vez más personal y característica.

Se presenta esta vez en mitad del curso, no en verano como cada año, un total de veinte telas y catorce papeles que se despliegan por todas las salas del Centro en un recorrido cronológico que es también el relato de toda una obra, ordenado en capítulos compuestos por conjuntos claramente diferenciados de trabajos que representan sus distintas etapas: los inicios dentro del movimiento internacional de renovación de la figuración en la posguerra, el progreso hacia la abstracción, la plena integración en la Escuela de Nueva York en los años cincuenta (compartiendo escenario, entre otros, con sus amigos Robert Motherwell o Franz Kline), el regreso a España, el impacto del pop art a finales de los sesenta en series como las Fosforescencias y la posterior evolución hacia un universo inequívocamente propio, desarrollado magistralmente a lo largo de las dos últimas décadas de su producción.

En esta ocasión completamos las obras expuestas con la película Colours, documental de Manuel Navarro que recorre toda la biografía del pintor.

VARIACIONES AZULES

José Guerrero (Granada, 1914-Barcelona, 1991) está considerado como uno de los más destacados artistas españoles de la segunda mitad del siglo XX. Esta exposición presenta una selección de obras de los años cincuenta y sesenta. Tras una fase formativa y de depuración del lenguaje figurativo durante sus años de aprendizaje europeos, en 1950 Guerrero instala su residencia en Nueva York. Inicia entonces un proceso de experimentación que lo conduce a la llamada abstracción biomórfica. En esta etapa la figura se simplifica y se concreta, a veces en el óvalo o el medio arco; también lo hace el fondo, que casi se convierte en un campo monocromo sobre el que flotan signos. Desde este momento hasta mediados de los años sesenta, el artista se integra de lleno en el expresionismo abstracto americano. Guerrero construye los espacios con formas planas que revelan su intensa actividad emocional frente al lienzo, y cómo la creación surge de lo desconocido, el gesto, la acción.

 

MÚSICA Y ACCIÓN

En 2012 se celebra el centenario de John Cage y el 50 aniversario de fluxus, y para conmemorarlo el Centro José Guerrero ha decidido celebrar ambas efemérides conjuntamente con un particular homenaje que es a la vez una panorámica por el arte más atrevido del siglo XX desde un punto de vista poco común y toda una fiesta.

La trascendencia de John Cage para el arte de la segunda mitad del siglo XX cada vez está más asentada historiográficamente. Recientemente se han podido ver en España importantes exposiciones dedicadas a él, como las del MACBA y el EACC. Sin embargo, la segunda estaba dedicada exclusivamente a la obra estrictamente musical del norteamericano, y aunque en la primera, además de exponer algunas obras que desbordaban ya su disciplina de partida se mostraban piezas de artistas que influyeron en Cage y de artistas que podemos considerar como discípulos, estaba dedicada exclusivamente a Cage. Música y acción, en cambio, aunque le reserva al autor un papel importante en el relato, lo presenta como uno más.

Hay gente que dice: “Si la música es tan fácil de escribir, yo podría hacerlo”. Creo que podrían, pero no lo hacen. Encuentro la declaración del propio Feldman [Morton] más positiva. Volvíamos en coche de algún lugar en Nueva Inglaterra donde se había celebrado un concierto. Es un hombre grande y se queda dormido con facilidad. Tras un profundo sueño, se despertó y dijo: “Ahora que las cosas son tan simples, hay mucho que hacer”. Y volvió a dormirse.
John Cage

Música y acción es una exposición en la que se muestra e interpreta la música en un espacio museístico. A través de un recorrido que comienza a finales del siglo XIX y concluye en los años setenta, se pretende establecer un ámbito de reflexión en torno al acto creativo surgido de la incorporación de la acción sonora como nuevo medio de expresión.

 

Se exponen partituras, objetos, instalaciones, vídeos y fotografía, y varias veces a la semana, en el propio espacio de exposición, un grupo de intérpretes ejecuta algunas de las piezas. El público que en esos momentos deambule por las salas puede escucharlas, pasar de largo, participar o llevarse determinadas partituras para una posible ejecución en la calle o en su domicilio. Esta forma de presentar la música rompe con la idea del concierto único, permitiendo la entrada del azar y la sorpresa como parte de su desarrollo. La ejecución de las piezas subraya que su interpretación es tan importante como las partituras sobre la pared. La actuación es una “obra” más. Una obra que suena, que no es sólo un objeto visual, y que para ello requiere de la intervención del intérprete y del público. Las piezas deben ser “tocadas”. George Maciunas señalaba que cualquiera puede interpretar sus obras. Otros artistas, por el contrario, afirman que el público jamás debe participar en una acción por su falta de preparación. Ante la duda, lo mejor es dejar que el público decida. Al paseante, en las exposiciones, se le niega casi todo. Aquí tiene la posibilidad de ensayar/sentir lo que los artistas llamados profesionales proponen. Se trata de un ejercicio práctico, no de hacer “obras de arte”

LA COLECCIÓN DEL CENTRO

José Guerrero (Granada, 1914 – Barcelona, 1991) está considerado como uno de los más destacados artistas españoles de la segunda mitad del siglo XX, no sólo por el relevante papel que jugó dentro del expresionismo abstracto americano en los años cincuenta, sino también por su influencia en la evolución de la pintura española de la transición.

Esta exposición presenta una selección de obras de los años 60 y 70. En la primera mitad de los sesenta el trabajo de Guerrero está plenamente integrado dentro del expresionismo abstracto norteamericano. El artista, que se instaló en Nueva York en 1950 después de un periodo de formación en distintas ciudades europeas, comienza a recuperar su memoria de infancia y juventud granadinas al inicio de los sesenta, gracias a un proceso de introspección al que llega por el psicoanálisis. Así lo vemos en pinturas como Albaicín (1962) o Sacromonte (1963-1964). Ambas forman parte de una serie de obras que cronológicamente se inicia con sus viajes a España de 1963 y 1964, y que estilísticamente abren un nuevo camino en el trabajo de Guerrero. Su regreso al país de origen coincide con un mayor sosiego en su pintura. El negro casi siempre está presente y las fronteras entre las masas de color son limpias y condensadas. De estos años data una obra fundamental: La brecha de Viznar (1966), dramática elegía a la muerte de Federico García Lorca y punto de inflexión en su trayectoria.

A principios de los setenta, una vez andado ese nuevo camino, Guerrero llega a un nuevo territorio, en el que cada vez es más importante el orden, la composición, la arquitectura del cuadro. Guerrero construye sus formas a partir de la imagen de un objeto de uso cotidiano: los estuches de cerillas, en la etapa conocida como de las Fosforescencias. Produce entonces un nuevo repertorio icónico muy celebrado nacional e internacionalmente. Pero tampoco se ata a él. Conforme avanza la década, las “cerillas” y los “arcos” o “nichos” (según se refería a sus “signos” más característicos el propio artista) fueron desapareciendo para dar paso a enormes campos de color tan sólo tensados por alguna línea, en los que los bordes y las fronteras entre una masa y otra cobraban más y más importancia.

La exposición incluye la presentación del documental de Manuel Navarro Colours, una biografía del pintor José Guerrero. Gestado a lo largo de 2010 y 2011, y rodado en muchos de los lugares vinculados a la vida del pintor (Granada, Madrid, París, Nueva York, Cuenca o Nerja), presenta un exhaustivo recorrido por su trayectoria humana a partir de testimonios históricos del propio Guerrero, interesante material de archivo y la visión de cuantos lo conocieron.

MANUEL RIVERA. DE GRANADA A NUEVA YORK, 1946-1960

La obra de Manuel Rivera (Granada, 1927 – Madrid, 1995) es fundamental en el desarrollo del arte español de los años cincuenta. Fue uno de los primeros pintores que, prácticamente desde el inicio de la década, llegó a ser plenamente abstracto, sintonizando con el desarrollo internacional de las nuevas corrientes del arte contemporáneo. Su trabajo se convirtió pronto en una reflexión sobre la materia, y dentro de ella en una indagación en torno a las posibilidades del relieve, algo ya apreciable en sus obras sobre lienzo de 1955 y 1956, en las que incorporó tierras y pigmentos en crudo. A ello siguió en 1957 el descubrimiento de las posibilidades compositivas de las mallas metálicas, en un momento en que los protagonistas del llamado “arte otro” o informal experimentaban con materiales considerados humildes y alejados del medio artístico: el uso de texturas, grafismos, formas accidentales o materiales rudos fue paradigmático. También por entonces había surgido en París el art brut y la llamada “estética en devenir”, que reflexionaba sobre la relación del arte con lo inconsciente, como ocurría en el expresionismo abstracto, magnetizado por la idea del arte como medio de expresión de lo interior, de las pulsiones o el alma del pintor. La obra de estos artistas reveló la fuerza expresiva e incluso la belleza plástica de elementos como las arenas, las arpilleras, los hierros, las maderas y todo tipo de papeles; y la emoción que cabía destilar de las texturas y el assemblage de mallas metálicas apenas tocadas por pigmentos. Pero además Rivera estaba muy interesado en explorar un mundo de clara vocación tridimensional, en integrar en la imagen la percepción de las sombras que proyectaban las mallas, que parecían componer una sutil obra inmaterial o evanescente en la pared que acogía los cuadros, de lo que se derivaban sugerentes posibilidades.

Son numerosas las exposiciones que, retrospectivamente, han abordado la obra de Rivera, algunas promovidas por instituciones granadinas. La reciente edición de su catálogo razonado (Diputación de Granada y Fundación Azcona, 2009), facilita un acercamiento nuevo a la obra del artista. Además de una mejor comprensión de su quehacer, permite observar datos que hasta la fecha habían sido escasamente atendidos. La exposición De Granada a Nueva York, 1946-1960, comisariada por Alfonso de la Torre, presenta algunos de ellos, referidos a unos años capitales para conocer la evolución del artista.

Partiendo de la tradición local de finales de los años cuarenta, Rivera continuó formándose y participando en exposiciones en su Granada natal hasta que en 1954 se trasladó a Madrid, junto a su esposa Mary. Allí tomó parte en acontecimientos fundamentales para el arte de la época, como la fundación del grupo El Paso. Y apenas una década después de acabar sus estudios, Rivera mostraba sus mallas metálicas en Norteamérica, en museos como el MoMA y Guggenheim de Nueva York, donde expuso en 1960 y entró en contacto con agentes fundamentales para el desarrollo y difusión del expresionismo abstracto: Alfred H. Barr, Daniel Cordier, James Johnson Sweeney, Frank O’Hara o Pierre Matisse.

De Granada a Nueva York, 1946-1960 narra, por medio de cinco capítulos (compuestos con pinturas referidas a los acontecimientos citados y documentos personales, muchos inéditos), cómo se produjo el encuentro del artista con el complejo mundo del arte español e internacional de la época.

La exposición se compone de un total de 34 obras procedentes tanto de instituciones (MNCARS, IVAM, Museo Luis González Robles, Madrid Espacios y Congresos) como de Galerías y Colecciones particulares. La muestra se completa con un apartado documental con publicaciones y programas de mano del período de la exposición.

 

LA COLECCIÓN DEL CENTRO

Se presenta aquí toda la obra de los años 50 de la que se compone la colección del Centro José Guerrero, datada de 1950 (año de su llegada a los EE.UU.) a 1957, y que da cuenta en conjunto de este rico periodo de su obra: un periodo de transición, abandono progresivo del lenguaje figurativo y experimentación formal y técnica.

Finalizando la década de los cuarenta, después de un itinerario formativo por la Europa de posguerra, fue haciéndose evidente en el trabajo de Guerrero una marcada tensión entre dos lenguajes o modos de visión difícilmente compatibles: uno arraigado en la necesidad del suelo figurativo y otro decididamente abstracto. Esa tensión pareció querer resolverse en Lavanderas (1950). Por entonces, Guerrero ingresó en el prestigioso Atelier 17, donde, además de aprender las técnicas del grabado con Stanley William Hayter, se reencontraría con un vocabulario formal que ya pudo haber conocido en CentroEuropa. En efecto, en los años treinta artistas como Hans Arp, Willi Baumeister y sobre todo Joan Miró (que precisamente pasó más de una temporada en el Atelier 17) popularizaron lo que se conocería como abstracción biomórfica, que algunos años después conoció una poderosa influencia en los trabajos tempranos de la primera generación del expresionismo abstracto: Baziotes, De Kooning, Rothko, etc.

La crítica encontró pronto unos anclajes “étnicos” para el artista. Se trataba de apoyar de algún modo a aquel recién llegado, y quienes desearon favorecerlo lo hicieron por la vía que les pareció más prestigiosa y razonable sacando a colación la procedencia hispánica del autor. La pintura de aquel granadino injertado en América se veía en un terreno fronterizo, entre el apego a su identidad y un lenguaje personal, sin vínculos temáticos de ninguna clase. Esta oscilación va a perseguir a Guerrero durante toda su carrera y podría formularse como una especie de ecuación: cuanto más española se ve su obra, más restos temáticos se perciben en la misma; y al contrario, cuanto más norteamericano se le considera (o simplemente internacional), más puramente abstracto parece su trabajo.

La primera serie importante de cuadros en este estilo data de 1953-1954. De ella se exponen, Signos, Ascendentes, Sombras y Black Followers. Las formas entre biomórficas y sígnicas que despliegan rimaban perfectamente con el ambiente plástico neoyorquino, en el que pronto encontraron acomodo. De hecho, expuso esas obras en la galería de Betty Parsons.

JOSÉ GUERRERO: HUELLAS LORQUIANAS

En su obra, José Guerrero se remitió a la de Lorca en varias ocasiones. Siendo un recurso al que acudió a lo largo de medio siglo, en diferentes fases de su evolución plástica y con distintas disposiciones de ánimo, existen varios registros de la influencia de su paisano y coetáneo, que además varía en su grado de evidencia.

Presentamos en esta ocasión, coincidiendo con la exposición del artista Jesís G. Requena titulada: Jesús G. Requena: Escenas Fantasmáticas. Un diálogo secreto entre Alfred Hitchcokc y Luis Bruñel.

Algunos lienzos hacen referencia a las circunstancias biográficas del poeta (caso de La brecha de Víznar); otros a su obra, bien expresamente (A la muerte de Sánchez Mejías, Pelegrinos), bien de modo indirecto, como ha señalado la crítica (La aparición); y otros, en fin, se refieren a sus paisajes o escenarios (Sacromonte).

Algunas de las obras lorquianas de Guerrero, en su veta más trágica. La exposición se compone de un total de cuatro lienzos (La aparición, Sacromonte, La brecha de Viznar y Paisaje horizontal ) y dos papeles (Homenaje a Jorge Guillen y Sin título)